viernes, 28 de diciembre de 2012

Jueves culturales, arcos y capuchas




Quizas no te conocí nunca, se que jamás pudimos cruzar saludos,
y que hoy tu cara no me sería familiar.

Pero supongo que un día, en el fragor de la barricada,
nuestras voces se cruzaron en la misma consigna,
y que en el anonimato nos dimos una mano,
y que cubrimos la retirada de los mismos compañeros.

Se que ondeamos las mismas banderas 
y que tal vez me brindaste ayuda o yo te la brinde a ti ... 
se que nos ahogaron las mismas bombas, 
las mismas lagrimas y el mismo dolor.

No nos conocímos, ni hablamos de nuestras novias, 
Jamás nos presentaron, nunca nos tomamos un café, 
pero sé que, como yo, querias ayudar al parto de un mundo mejor.

Eramos un puñado de david contra la maquina asesina del goliat verdiblanco, 
fuimos jovenes quijotes acribillando a piedras una realidad maldita.

Sé que derrotaste tu miedos a las balas que silbaban frente a nuestro rostro,
se que empuñabas tus sueños y que apostabas la sangre de tu juventud
para cantarle a tu pueblo, para derrotar la canalla.


Se que no nos conocimos y que nunca un abrazo nos encontró...
pero tengo la certeza de que si yo hubiera caído,
sería tu mano la que estuviera disparando estas letras desde su corazón.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Bidimensional


"La palabra rosas no huele a rosas" 

J.L Borges


Algunas veces, sobre todo cuando escribo, siento el peso de un vertigo añejo, una claustrofobia impuesta por el logos, un aplastamiento que me encierra y me revuelca en un asma discursiva.

Siento como un pedazo de mi se va cosificando en el papel,  como si se aplanara todo lo que voy siendo, y sientiendo como el formato encarcela cada exhalación del tiempo en una galaxia de dos dimensiones.

Algunas veces me dejo llevar por cada curva que le da forma a tu nombre en el papel y cada trazo hace emerger la sinuosidad de tus caderas, tus pechos, tu  ombligo, tu sonrisa siempre al aire... cada letra recrea tus concavidades y tu cabello negro es opacado por su significante.

Algunas veces hago deslizar mis dedos sobre el teclado para hacer que aparezacan tus labios, y me dejo arrastrar por la misma corriente electrica que siento cuando me saludas o cuando me despido.

Algunas veces me acerco al papel para oler la tinta y el olor de tu nombre es igual a las palabras “viaje en autobus” o "Estación Capitolio”.  Como un perro agradecido he llegado a lamer  la tinta que te enuncia y tu sabor es identico a “Piso 13” o a “Alfombra Circular”.

Por eso; algunas veces siento que arraccarle tu nombre a un cilindro lleno de tinta azul es, de alguna manera, un modo ficticio de acabar contigo. Mientras escribo tu nombre siento que te voy asfixiando, haciendote vivir mi vertigo, condenandote al papel por los siglos de los siglos. sonrio mientras te voy recortando con mis dedos para doblarte asimetricamente, hacer contigo un "proyectil", o arrugarte, masticarte... y simplemente tragarte.

Algunas veces, muchas veces ya, he sentido fluir tu tinta en mi torrente sanguineo; y he sentido el peso de tus restos en mi estómago.

Algunas me siento a sentir tus huellas en mis celulas  y sonrío; decido levantarme y pensar en tu olvido antes de bajar la palanca y ver como desaparece lo que queda de tu nombre.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Tiempos de Amalivaca.



Al principio todas las cosas estaban hechas de las misma sustancia y el tiempo no aparecía por ningun sitio, ni las palabras, ni ninguna acción.

El mundo era tan joven que los paisajes apenas comenzaban a estirarse y la brisa era una confusión de grillos, tamarindos y lunas menguantes.

La tierra cambiaba su rostro ante el paso de la lluvia y el grito del volcán y su piel era tibia ... escondía sus entre grandes inundaciones.

De ente la selva llega ron palabras: solo un hombre y una sola mujer sobrevivieron a la danza de la creación.

Se dijo que conocieron caminos que solo eran contados en los cuentos de los mas ancianos.

Anduvieron muchas lunas y atravesaron muchas lluvias. Por fin, antes de amanecer, pudieron refugiarse en lo ato de la gran montaña.

Desde allí  admiraron el amanecer y contemplaron el rojo santuario de los caracas: el valle del Guaire o Toromaina.  

Allí conocieron a dos hermanos Ouchí y Amalivaca que, a diferencia de los otros, iban vestidos.

Se distinguían por sus rojos penachos que armonizaban con la hermosura de su piel:  “- Brillante como lo fue la piel de todo tamanaco”.

Con ellos vivieron y aprendieron a sanar, con ellos se alimentaron y conocieron los secretos de la espiga roja que nacía por donde quiera.

La misma yerba que fue aprendida y cuidada por el pueblo de Amalivaca y Ouchí y que los había alimentado y sanado desde hacía mucho tiempo.

Amalivaca y su hermano se dispusieron a recorrer el mundo en una canoa hecha con la corteza del gran árbol.

En su viaje se dispusieron a arreglar juntos los desastres que el diluvio había dejado y así reparar el universo tan maltrecho que habían heredado.
 
Inspirados, soñaban ese mundo que tanto les gustaba y mientras lo hacían se iban creando pueblos, paisajes, criaturas y montañas.

Sus sueños realizados los sorprendían cuando llegaba el sol y crearon las nubes mientras silbaban las canciones de los viejos.

Bailando dieron vida al viento y la música que sacaban de los troncos hacia nacer volcanes, mariposas y …

Viendo los regalos del mundo sus rostros se encontraron en una sonrisa, “Así, -dijeron al unísono- se saludará la gente después de mañana”.
Por la mañana se fueron a lo alto de una gran colina y danzaron lanzando a sus espaldas frutos de la palma de moriche.
  
Se asombraron al verlos caer y contemplaron como germinaban, como crecían los actuales habitantes de esos parajes.

Amalivaca experimentó la tranquilidad, sintió que en ese mundo y en sus gentes se prolongaría el amor que sentía por la tierra.

Tiempos de Amalivaca (II)



El mundo que comenzaba vio discutir a Amalivaca y ouchhi solo una vez, fue una época en la que suspendieron sus tareas y decidieron imaginar el Orinoco.

Esas tierras y sus gentes tenían la necesidad de impresionar al trueno porque les asustaba con su voz de gigante.

Además, necesitaban llegar mas rápido a sus destinos y tener mejor pesca, pero se les puso como única condición que el recorrido no cansara los brazos del remero

Fueron muchos los días, las palabras y los silencios. Sus ensayos iban dejando ríos y lagunas regados por toda la región.

Sus pensares traían aguaceros y las crecidas cambiaban el rostro del paisaje en cada suspiro, hasta que decidieron buscar consejo.  

Amalivaca salió a convivir y a aprender con los saberes de otras tierras. Buscó la energía y la inspiración en una casa de agua, cercana al gran peñón.

Allí aprendió otros sonidos, otras palabras y llenó sus ojos con nuevas texturas y colores. Ahí entendió el lenguaje del mar y asumió sus claves.

Conoció caminos que ascendían hacia la mirada del cielo y anduvo por sendas que le  dieron la sensación de estar perdido. 

Antes de tomar su camino, Amalivaca compartió los secretos que guardaba su tierra, las costumbres de sus habitantes y los caminos para llegar hasta allá. 

Por la mañana partió y silbando componía poemas a la brisa, al fuego y a la orquídea, que felices se iban creando con su canto.

Tiempos de Amalivaca (III)



Junto a los sabios de la tierra invocó la fuerza y el amor de la selva, con ellos le habló a la espesura sobre sus sueños.

La selva respondió abriendo un rincón de su seno para recibir el regalo que le hacían el mar y la lluvia.

Habían transcurrido siete lunas llenas. En el amanecer que devino a una de ellas pudieron contemplar el resultado de sus esfuerzos.

Fue entonces cuando recordaron la condición de que el río debía correr siempre a favor de la corriente, tanto aguas arriba como aguas abajo.

Sonriendo y ya exhaustos desistieron de su empeño inicial, descansaron maravillados ante la hermosura de su reciente creación.

luego de muchos días Amalivaca y los sabios encontraron a Ouchhi herido y radiante en la orilla del Orinoco y le recibieron con cantos y abrazos cómplices.

Contó como pudo atrapar el sonido de trueno, para ponerlo en el caudal del río recién creado y en la voz de los tamanaco que luchen juntos. 

Mientras los tamanaco cuidaban a Ouchí y sanaban sus heridas, Amalivaca componía canciones a la brisa y a la luna.

En una caverna, del cerro Amalivaca yeutipe, hacía sonar su tambor para la gente. así, el jaguar y el ñame, el fuego y la orquídea se iban creando con su canto.

Tiempos de Amalivaca (IV)





En agradecimiento a sus enseñanzas y cuidados Amalivaca dotó de inmortalidad a toda la familia de los tamanaco.

Ellos le ofrecieron una espiga indómita y hermosa para soportar el camino, con ella se harían mas fuertes las gentes y las tierras que le cultiven.

Era, según dijeron, para los tiempos que son y los que serán. En los días que aun no llegan, será el alimento y la cura de los que logren vencer.

Que debería ser protegida del olvido para alimentar a los tamanaco que nacerán después de todos estos soles.

Amalivaca juró que esas espigas verían tiempos mejores y que con el nombre de ellas sería nombrada la tierra de los hombres y de las mujeres libres.

Juro que el nombre de esa yerba serviría para nombrar también la grandeza y el orgullo, la belleza y el saber de la tierra que la vea brotar. 

Ouchí las recibió, mostrándole a todos sus heridas ya sanadas, y se irguió con su puño izquierdo en alto, diciendo:

- Los próximos paridos por esta tierra, por este aire, por estas aguas, iluminarán el sonido de nuestras voces cuando sean olvidados nuestros rostros.

Amalivaca, conmovido, admiro el color de la espiga y sintió que tanta hermosura era digna de cruzar los cielos para ser admirada por todos.

Fue así como creó a la guacamaya, que contenta de haber nacido se posó en sus frentes regalando el rojo de sus plumas.

Agradecida, el ave roció la semilla de la espiga entre el verde de los montes y con un suspiro de Ouchí fueron creadas las nubes.

Desde entonces, con el aviso de las guacamayas, las nubes bajan a los valles y a la selva para escuchar la voz de esa hierba y hacen llover si la espiga está sedienta. 

Tiempos de Amalivaca (V)

Así amaneció el día que sería creado el tiempo. Viendo que sus tareas estaban concluidas, Amalivaca quiso tomar un camino que lo habitaba.

Preparandose para su retorno a la selva profunda y ya en su curiara, llamó a todos los tamanacos y los nombro a cada uno por su nombre.

Miro sus ojos, los abrazó a todos a la vez pensando en los vientos por venir y con la una voz que aprendió de la noche les concedió la vida eterna.

Les dijo: - uopicachetpe mapicatechí[1].

Ante las tempestades, los tamanacos renacerían constantemente y como algunos animales solo mudarán la piel.

Por entre la gente se abrió paso una anciana solitaria y de ropas oscuras, que hizo gestos de desprecio e incredulidad ante lo que escuchaba.

Mientras todos celebraban el mundo que ahora podrían construir y la vida que comenzaba a ser , ella soltó una carcajada de ira e incredulidad.

Para ella era imposible vivir de otra forma, los tamanaco son como habían sido y así debían quedarse y no deberían perder el miedo al trueno.

Algunos de los que allí estaban la miraron enfurecidos, otros asintieron con la cabeza.
Amalivaca, soltó un suspiro y mirando al vacío exclamó:

- Mattageptchí.[2]

Para ellos soplaba un viento de soledad, el silencio fue tormento. Amalivaca sintió dudas y quiso quedarse, pero sabía que en la casa de agua alguien, por fin,  le esperaría.

buscaba la mirada que le salvaría de la noche, en el profundo lago de los cielos… y partió





[1] -Solo la piel caerá.
[2] Morirán los que no crean


Tiempos de Amalivaca; El Pacto.(y VI)


Ahora estaban a merced de la lluvia, de los vientos. Ahora tendrían que prepararse para padecer los males que llegarían mas allá del mar y morir 

Así tendrían que aprender a convivir juntos como iguales y con otras familias, con otros pueblos.

Para no ser castigados nuevamente  se volvieron a la tierra que jamás los abandono. A ella dedicaron sus días, sus brazos y sus cantos.
La piel de los tamanacos tomó el color de la tierra. Ella, junto a la lluvia y al sol, puso  a prueba a toda aquella gente.

Si luchaban con arrojo, valor y tesón para hacer posible sus sueños de hacer mundos mas bellos que el que encontraron, entonces no morirán de olvido.

La sangre de los tamanacos renacería en cada futuro toda vez que el mundo necesitara ser otro. la palabra de los tamanaco cambiaría solo de piel.

La tierra, la lluvia y el sol recordaron el deseo de Amalivaca, él quería que los colores llenaran el cielo y recordaran su reunión, así crearon el arco iris.

Debió ser un circulo que recordara la vida, pero pensaron que sería mejor un arco que mostrara la obra inconclusa del creador del moriche y la lluvia.

Todo tamanaco debe emprender la lucha contra las fuerzas que se oponen a la creación, cada vez que, entre las nubes, se asoma aquel milagro.

Desde entonces, el arco iris es una señal vigilante, un pacto para vencer la tristeza y derrotar la sombra de aquella anciana incredula.

Ese arco de colores  debe inspirar el aliento que hace libres a los hombres y a las mujeres de esta tierra y el camino te retorno a los tiempos de Amalivaca.

Fetiches: La duración de un gesto. (I)



Leyendo el capitulo sobre cine en las conversaciones de Deleuze, tropecé con un nombre que me llegó completamente resignificado: Jean Luc Godard. Ya no como el creador vanguardista, sino como el hilo que te lleva a una madeja. 

Godard como un nombre-emboscada que te enfrenta a una ráfaga de intensidades terribles, que pueblan la sola palabra olvido.

Todo el olvido cabe en la duración de un gesto. Cuando emerge el olvido se amontonan tantas sensaciones, imágenes olores, o sonidos, que es imposible no caer en la celada de querer significar lo vivido, sabiendo que la palabra veneno no mata y que el mapa no es el territorio. 

Reencontrar ese nombre me encadenó a una multitud de recuerdos que han estado habitando la zona oscura de mis olvidos, en la periferia del inconsciente.
Su sola mención en las “tres preguntas sobre Godard”, me retrotrajo a un instante estático.

Me llevó a una zona abismal de mis recuerdos, me trajo un viaje instantáneo, una ráfaga de sensaciones tan automáticas como efímeras.

Recordar a Godard me hizo tomar consciencia de que, en mi caso, es el nombre de un director francés guardado en la misma gaveta en que se conservan los días de ocio universitario, los recuerdos de una novia estudiante de cine y las tardes en la casa de ella, alimentandonos de amor, de arroz con tomate y de cine.

Sus estudios me contagiaban de saberes que potenciaron este apego, que no llega a ser cinefilia.

Bajo su tutela, y en la compañía de sus muslos, se fue llenando de imágenes y nombres mi léxico cinematográfico, sus frases me permitieron salvar la noche en esas largas conversas de barras nocturnas y amigos cumúnes.

Nuestros fines de semana a veces comenzaban los jueves. coincidíamos en las jornadas de la tarde, en el arco de entrada a la universidad, entre de capuchas, bombas molotov y gases lacrimogenos. Salíamos ya casi de noche a devorar películas, con el “monchis” de rigor y las birritas de lata compradas previamente.

El "cine para llevar" que habitaba los pasillos de ingeniería, nos permitía múltiples planes para fugarnos de la adrenalina militante y de las persecuciones en las “calles calientes” de la cuarta republica.

Decir “ -Este fin vemos pelis” o “-Hay una que deberíamos ver” era, para nosotros, el santo y seña en las puertas de un fin de semana que podría terminar el lunes por la tarde.

Bergman, Kubrick, Hector Lavoe y un afiche de Dalí… nos refrescaron cada hora en las tardes de una “semana santa en Caracas y sin plata”.

En esa época vimos nuestro ciclo particular de cine realista italiano y repasamos el cine de propaganda en títulos soviéticos y gringos, discutimos los títulos del cine latinoamericano y nos radicalizamos con las propuestas del “dogma” .

Si salíamos era solo a buscar provisiones, a hacer una diligencia o a dar una vuelta. si salíamos era solo buscando una excusa para volver corriendo y dejarnos habitar por esas cuatro paredes, dos blancas y una gris y por esas  palabras escritas en el techo.

En ese espacio sin reloj, el cine nos daba tantas excusa como razones para estar cerquita, en silencio y desnudos. En esa época su papá le regaló una cámara y las condiciones para estudiar en Cuba.

Sin importar los ruidos de la ciudad, uno se sentía bien cuidado por los tipos de nirvana que, enmarcados en una foto blanco y negro, vigilaban la ventana … y por Chaplin, con “el chico”, que custodiaban nuestro abrazo desde una pared, la gris, llena de cinturones, chaquetas y collares.

Era fácil abandonarse del mundo entre esas sabanas, en esa almohada, tan facíl como difícil era despegarse de la constelación de lunares que marcaban su espalda.

En ese cuarto, con olor entre incienso y talco perfumado, desayunamos con Woody Allen, con Almodóvar y con Buñuel. Con Kusturica, pasamos una tarde de reconciliación, mientras afuera llovía para mi gusto y el susto de ella.

A veces compartimos un vinos tintos (Malbec, preferiblemente) con Kurosawa, a veces con Pasollini, otras tantas con Linch, pero siempre con la postal del che, incrustada en el marco metálico de un espejo que nosotros logramos atravesar varias veces.

Cantinflas nos acompañó mas de un tedio dominguero y Copolla vino a tomar café-con-leche-y-pan-dulce en aquel cuartito de estudiante lleno de copias piratas y de libros usados.

Hoy leyendo a Deleuze entiendo como, en un día cualquiera, en un lugar que desaparece al ser nombrado, viendo una imagen sacada de la mente de jan luc Godard y encarnada en Anna Karina, comencé a presentirte.