Leyendo el capitulo sobre cine en las conversaciones de Deleuze, tropecé con un nombre que me llegó completamente
resignificado: Jean Luc Godard. Ya no como el creador vanguardista,
sino como el hilo que te lleva a una madeja.
Godard como un nombre-emboscada
que te enfrenta a una ráfaga de intensidades terribles, que pueblan la sola
palabra olvido.
Todo el olvido cabe en la
duración de un gesto. Cuando emerge el olvido se amontonan tantas sensaciones,
imágenes olores, o sonidos, que es imposible no caer en la celada de querer
significar lo vivido, sabiendo que la palabra veneno no mata y que el mapa no
es el territorio.
Reencontrar ese nombre me
encadenó a una multitud de recuerdos que han estado habitando la zona oscura de
mis olvidos, en la periferia del inconsciente.
Su sola mención en las “tres
preguntas sobre Godard”, me retrotrajo a un instante estático.
Me llevó a una zona abismal
de mis recuerdos, me trajo un viaje instantáneo, una ráfaga de sensaciones tan
automáticas como efímeras.
Recordar a Godard me hizo
tomar consciencia de que, en mi caso, es el nombre de un director francés
guardado en la misma gaveta en que se conservan los días de ocio universitario,
los recuerdos de una novia estudiante de cine y las tardes en la casa de ella,
alimentandonos de amor, de arroz con tomate y de cine.
Sus estudios me contagiaban
de saberes que potenciaron este apego, que no llega a ser cinefilia.
Bajo su tutela, y en la
compañía de sus muslos, se fue llenando de imágenes y nombres mi léxico
cinematográfico, sus frases me permitieron salvar la noche en esas largas
conversas de barras nocturnas y amigos cumúnes.
Nuestros fines de semana a
veces comenzaban los jueves. coincidíamos en las jornadas de la tarde, en el
arco de entrada a la universidad, entre de capuchas, bombas molotov y gases
lacrimogenos. Salíamos ya casi de noche a devorar películas, con el “monchis”
de rigor y las birritas de lata compradas previamente.
El "cine para llevar" que
habitaba los pasillos de ingeniería, nos permitía múltiples planes para
fugarnos de la adrenalina militante y de las persecuciones en las “calles
calientes” de la cuarta republica.
Decir “ -Este fin vemos
pelis” o “-Hay una que deberíamos ver” era, para nosotros, el santo y seña en
las puertas de un fin de semana que podría terminar el lunes por la tarde.
Bergman, Kubrick, Hector
Lavoe y un afiche de Dalí… nos refrescaron cada hora en las tardes de una
“semana santa en Caracas y sin plata”.
En esa época vimos nuestro
ciclo particular de cine realista italiano y repasamos el cine de propaganda en
títulos soviéticos y gringos, discutimos los títulos del cine latinoamericano y
nos radicalizamos con las propuestas del “dogma” .
Si salíamos era solo a
buscar provisiones, a hacer una diligencia o a dar una vuelta. si salíamos era
solo buscando una excusa para volver corriendo y dejarnos habitar por esas
cuatro paredes, dos blancas y una gris y por esas palabras escritas en el techo.
En ese espacio sin reloj, el
cine nos daba tantas excusa como razones para estar cerquita, en silencio y
desnudos. En esa época su papá le regaló una cámara y las condiciones para
estudiar en Cuba.
Sin importar los ruidos de
la ciudad, uno se sentía bien cuidado por los tipos de nirvana que, enmarcados
en una foto blanco y negro, vigilaban la ventana … y por Chaplin, con “el
chico”, que custodiaban nuestro abrazo desde una pared, la gris, llena de
cinturones, chaquetas y collares.
Era fácil abandonarse del
mundo entre esas sabanas, en esa almohada, tan facíl como difícil era
despegarse de la constelación de lunares que marcaban su espalda.
En ese cuarto, con olor
entre incienso y talco perfumado, desayunamos con Woody Allen, con Almodóvar y
con Buñuel. Con Kusturica, pasamos una tarde de reconciliación, mientras afuera
llovía para mi gusto y el susto de ella.
A veces compartimos un vinos
tintos (Malbec, preferiblemente) con Kurosawa, a veces con Pasollini, otras
tantas con Linch, pero siempre con la postal del che, incrustada en el marco
metálico de un espejo que nosotros logramos atravesar varias veces.
Cantinflas nos acompañó mas
de un tedio dominguero y Copolla vino a tomar café-con-leche-y-pan-dulce en
aquel cuartito de estudiante lleno de copias piratas y de libros usados.
Hoy leyendo a Deleuze
entiendo como, en un día cualquiera, en un lugar que desaparece al ser
nombrado, viendo una imagen sacada de la mente de jan luc Godard y encarnada en
Anna Karina, comencé a presentirte.