miércoles, 19 de diciembre de 2012

Fetiches: La duración de un gesto. (I)



Leyendo el capitulo sobre cine en las conversaciones de Deleuze, tropecé con un nombre que me llegó completamente resignificado: Jean Luc Godard. Ya no como el creador vanguardista, sino como el hilo que te lleva a una madeja. 

Godard como un nombre-emboscada que te enfrenta a una ráfaga de intensidades terribles, que pueblan la sola palabra olvido.

Todo el olvido cabe en la duración de un gesto. Cuando emerge el olvido se amontonan tantas sensaciones, imágenes olores, o sonidos, que es imposible no caer en la celada de querer significar lo vivido, sabiendo que la palabra veneno no mata y que el mapa no es el territorio. 

Reencontrar ese nombre me encadenó a una multitud de recuerdos que han estado habitando la zona oscura de mis olvidos, en la periferia del inconsciente.
Su sola mención en las “tres preguntas sobre Godard”, me retrotrajo a un instante estático.

Me llevó a una zona abismal de mis recuerdos, me trajo un viaje instantáneo, una ráfaga de sensaciones tan automáticas como efímeras.

Recordar a Godard me hizo tomar consciencia de que, en mi caso, es el nombre de un director francés guardado en la misma gaveta en que se conservan los días de ocio universitario, los recuerdos de una novia estudiante de cine y las tardes en la casa de ella, alimentandonos de amor, de arroz con tomate y de cine.

Sus estudios me contagiaban de saberes que potenciaron este apego, que no llega a ser cinefilia.

Bajo su tutela, y en la compañía de sus muslos, se fue llenando de imágenes y nombres mi léxico cinematográfico, sus frases me permitieron salvar la noche en esas largas conversas de barras nocturnas y amigos cumúnes.

Nuestros fines de semana a veces comenzaban los jueves. coincidíamos en las jornadas de la tarde, en el arco de entrada a la universidad, entre de capuchas, bombas molotov y gases lacrimogenos. Salíamos ya casi de noche a devorar películas, con el “monchis” de rigor y las birritas de lata compradas previamente.

El "cine para llevar" que habitaba los pasillos de ingeniería, nos permitía múltiples planes para fugarnos de la adrenalina militante y de las persecuciones en las “calles calientes” de la cuarta republica.

Decir “ -Este fin vemos pelis” o “-Hay una que deberíamos ver” era, para nosotros, el santo y seña en las puertas de un fin de semana que podría terminar el lunes por la tarde.

Bergman, Kubrick, Hector Lavoe y un afiche de Dalí… nos refrescaron cada hora en las tardes de una “semana santa en Caracas y sin plata”.

En esa época vimos nuestro ciclo particular de cine realista italiano y repasamos el cine de propaganda en títulos soviéticos y gringos, discutimos los títulos del cine latinoamericano y nos radicalizamos con las propuestas del “dogma” .

Si salíamos era solo a buscar provisiones, a hacer una diligencia o a dar una vuelta. si salíamos era solo buscando una excusa para volver corriendo y dejarnos habitar por esas cuatro paredes, dos blancas y una gris y por esas  palabras escritas en el techo.

En ese espacio sin reloj, el cine nos daba tantas excusa como razones para estar cerquita, en silencio y desnudos. En esa época su papá le regaló una cámara y las condiciones para estudiar en Cuba.

Sin importar los ruidos de la ciudad, uno se sentía bien cuidado por los tipos de nirvana que, enmarcados en una foto blanco y negro, vigilaban la ventana … y por Chaplin, con “el chico”, que custodiaban nuestro abrazo desde una pared, la gris, llena de cinturones, chaquetas y collares.

Era fácil abandonarse del mundo entre esas sabanas, en esa almohada, tan facíl como difícil era despegarse de la constelación de lunares que marcaban su espalda.

En ese cuarto, con olor entre incienso y talco perfumado, desayunamos con Woody Allen, con Almodóvar y con Buñuel. Con Kusturica, pasamos una tarde de reconciliación, mientras afuera llovía para mi gusto y el susto de ella.

A veces compartimos un vinos tintos (Malbec, preferiblemente) con Kurosawa, a veces con Pasollini, otras tantas con Linch, pero siempre con la postal del che, incrustada en el marco metálico de un espejo que nosotros logramos atravesar varias veces.

Cantinflas nos acompañó mas de un tedio dominguero y Copolla vino a tomar café-con-leche-y-pan-dulce en aquel cuartito de estudiante lleno de copias piratas y de libros usados.

Hoy leyendo a Deleuze entiendo como, en un día cualquiera, en un lugar que desaparece al ser nombrado, viendo una imagen sacada de la mente de jan luc Godard y encarnada en Anna Karina, comencé a presentirte.

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