miércoles, 19 de diciembre de 2012

Tiempos de Amalivaca.



Al principio todas las cosas estaban hechas de las misma sustancia y el tiempo no aparecía por ningun sitio, ni las palabras, ni ninguna acción.

El mundo era tan joven que los paisajes apenas comenzaban a estirarse y la brisa era una confusión de grillos, tamarindos y lunas menguantes.

La tierra cambiaba su rostro ante el paso de la lluvia y el grito del volcán y su piel era tibia ... escondía sus entre grandes inundaciones.

De ente la selva llega ron palabras: solo un hombre y una sola mujer sobrevivieron a la danza de la creación.

Se dijo que conocieron caminos que solo eran contados en los cuentos de los mas ancianos.

Anduvieron muchas lunas y atravesaron muchas lluvias. Por fin, antes de amanecer, pudieron refugiarse en lo ato de la gran montaña.

Desde allí  admiraron el amanecer y contemplaron el rojo santuario de los caracas: el valle del Guaire o Toromaina.  

Allí conocieron a dos hermanos Ouchí y Amalivaca que, a diferencia de los otros, iban vestidos.

Se distinguían por sus rojos penachos que armonizaban con la hermosura de su piel:  “- Brillante como lo fue la piel de todo tamanaco”.

Con ellos vivieron y aprendieron a sanar, con ellos se alimentaron y conocieron los secretos de la espiga roja que nacía por donde quiera.

La misma yerba que fue aprendida y cuidada por el pueblo de Amalivaca y Ouchí y que los había alimentado y sanado desde hacía mucho tiempo.

Amalivaca y su hermano se dispusieron a recorrer el mundo en una canoa hecha con la corteza del gran árbol.

En su viaje se dispusieron a arreglar juntos los desastres que el diluvio había dejado y así reparar el universo tan maltrecho que habían heredado.
 
Inspirados, soñaban ese mundo que tanto les gustaba y mientras lo hacían se iban creando pueblos, paisajes, criaturas y montañas.

Sus sueños realizados los sorprendían cuando llegaba el sol y crearon las nubes mientras silbaban las canciones de los viejos.

Bailando dieron vida al viento y la música que sacaban de los troncos hacia nacer volcanes, mariposas y …

Viendo los regalos del mundo sus rostros se encontraron en una sonrisa, “Así, -dijeron al unísono- se saludará la gente después de mañana”.
Por la mañana se fueron a lo alto de una gran colina y danzaron lanzando a sus espaldas frutos de la palma de moriche.
  
Se asombraron al verlos caer y contemplaron como germinaban, como crecían los actuales habitantes de esos parajes.

Amalivaca experimentó la tranquilidad, sintió que en ese mundo y en sus gentes se prolongaría el amor que sentía por la tierra.

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