Al principio todas las cosas estaban hechas de las misma
sustancia y el tiempo no aparecía por ningun sitio, ni las palabras, ni ninguna acción.
El mundo era tan joven que los
paisajes apenas comenzaban a estirarse y la brisa era una confusión de grillos, tamarindos y lunas menguantes.
La tierra cambiaba su rostro ante el paso
de la lluvia y el grito del volcán y su piel era tibia ... escondía sus entre grandes inundaciones.
De ente la selva llega ron palabras: solo
un hombre y una sola mujer sobrevivieron a la danza de la creación.
Se dijo que conocieron caminos que solo
eran contados en los cuentos de los mas ancianos.
Anduvieron muchas lunas y atravesaron
muchas lluvias. Por fin, antes de amanecer, pudieron refugiarse en lo ato de la
gran montaña.
Desde allí admiraron el amanecer y contemplaron el rojo
santuario de los caracas: el valle del Guaire o Toromaina.
Allí conocieron a dos hermanos Ouchí y
Amalivaca que, a diferencia de los otros, iban vestidos.
Se distinguían por sus rojos penachos que
armonizaban con la hermosura de su piel:
“- Brillante como lo fue la piel de todo tamanaco”.
Con ellos vivieron y aprendieron a sanar,
con ellos se alimentaron y conocieron los secretos de la espiga roja que nacía
por donde quiera.
La misma yerba que fue aprendida y
cuidada por el pueblo de Amalivaca y Ouchí y que los había alimentado y sanado
desde hacía mucho tiempo.
Amalivaca y su hermano se dispusieron a
recorrer el mundo en una canoa hecha con la corteza del gran árbol.
En su viaje se dispusieron a arreglar
juntos los desastres que el diluvio había dejado y así reparar el universo tan
maltrecho que habían heredado.
Inspirados, soñaban ese mundo que tanto
les gustaba y mientras lo hacían se iban creando pueblos, paisajes, criaturas y
montañas.
Sus sueños realizados los sorprendían
cuando llegaba el sol y crearon las nubes mientras silbaban las canciones de
los viejos.
Bailando dieron vida al viento y la
música que sacaban de los troncos hacia nacer volcanes, mariposas y …
Viendo los regalos del mundo sus rostros
se encontraron en una sonrisa, “Así, -dijeron al unísono- se saludará la gente
después de mañana”.
Por la mañana se fueron a lo alto de una
gran colina y danzaron lanzando a sus espaldas frutos de la palma de moriche.
Se asombraron al verlos caer y
contemplaron como germinaban, como crecían los actuales habitantes de esos
parajes.
Amalivaca experimentó la tranquilidad,
sintió que en ese mundo y en sus gentes se prolongaría el amor que sentía por
la tierra.
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