El cine no se hace para
complacer ningún deseo, nos dice Zyzek, en su guía perversa del cine, “el cine enseña a desear.” Devela el objeto
que debe ser deseado, le da direccionalidad al deseo.
Dicen los post
estructuralistas que el deseo genera las
condiciones para su realización y creo que usa al cine como dispositivo de
captura. Las cosas no son deseadas a causa de su belleza, son bellas porque las
deseamos.
La belleza está determinada
por el deseo, también la realidad, los gustos y lo verdadero.
Hacía ya algunos meses que
había visto Pulp Fiction, en el cine de la previsora y esa vez supe contarle
una película a mi cómplice de fugas. Elogié la dirección, le recomendé la banda
sonora y me corrigió la noción que esgrimí sobre la dirección de arte.
Recuerdo la tarde de gipsy
jazz y sopita de sobre en la que, luego de una ducha tibia y ecológica,
Tarantino resemantizó para mi la imagen de Nana.
En el cuarto de nuestras
huidas ví de nuevo esa pelicula, no solo por acompañar una “gripecita” sino
también, para saciar una curiosidad que se me habría sembrado la noche en la
previsora y que devino ansiedad de esperar una presencia geométricamente fatal.
Mi deseo mordió el anzuelo y
capto el fetiche, mi ello supo que ese mecanismo perturbador ahora llevaba el
nombre de Mia Wallace.
Esa tarde noté la
composición perfecta de elementos que me hacian consciente de ese “significante
amo” que fue llenando el vacio de mi morbo (el dispositivo: Cabello corto y
negro/Cigarrillo humante) y que le resultaban muy familiares al Mister Hide
fetichista que me comenzaba a habitar y que se relamía babeando ante los pies
feos de Uma Thurman.
Mia Wallace la que te recibe
en su casa con una nota en la puerta y vigilandote por circuito cerrado, Mia
wallace filosofando sobre silencios incomodos antes de bailar twist.
Ella misma dentro de un
abrigo ajeno, cantando “You´ll be a woman soon” y sacudiendo ese pelito antes
de encender su respectivo cigarro.
Mía wallace siguiendo al
conejo blanco y cayendo, cayendo, hasta la inyección de insulina. Mía y su
gusto por los chistes malos. Mía inspirando ese beso manso, lejano y elocuente,
lanzado por Vincent.
Mía con mejor suerte que
Nana, diametralmente distinta y tan parecida como ella al flujo de mi sangre.
Mía tan del Sr Wallace.
En ese cuarto fresco y
desordenado, estaba naciendo la consciencia de un deseo que busca realizarse a
partir de esas significaciones en particular.
Ninguno de los objetos tiene
nada que ver entre si y no se relacionan de esa forma en un lugar distinto a mi
inconsciente, pero no importa…
Entre el cine y unas sabanas
con olor a saché fue naciendo la sonrisa que delata mi pensamiento, el gesto
que desnuda mi morbo cuando emerge ese dispositivo ligado al humo de un
cigarrillo y a ese corte de cabello, tan como Amelie.
En el origen de la mirada
que antecede a la sonrisa, también empieza el deseo que hoy tengo de estar
cerca de tu cigarro infaltable y de tu pelo tan sintomático.
Todo esto sucede en el
tiempo de un celaje, en el instante en que hago consciente los universos que
caben en el olvido y que me asaltan mientras leo a Deleuze, pienso en Godard, y
te recuerdo preguntando si me molesta ese humo que, además de rimar con tu
pollina, se articula con el principio de mi placer en la composición de un
fetiche.
Y ahora que leíste como
funciona ese humo en mi inconsciente…
¿Te molesta el humo de tu cigarro?

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