miércoles, 19 de diciembre de 2012

Fetiches: Nana; Un deseo que devino recurrencia (II)


Ese habría sido un sábado típico, de transcurrir entre las películas de “Plaza los museos” y las samosas de “Bellasartes”, a no ser porque ella decidió, luego de un debate con su “self”, que veríamos “Vivre la vie” y que quería presentar un ensayo sobre “Nana”.

Fue la primera vez que escuche su nombre, no sabía quien era nana, pero me dejó interesado en saber quien era el personaje inspirador de la frase mas seria que sonó en esa tarde.

Los estudios de la “Timbourtoncita” sobre la nueva ola del cine francés y mi encuentro post moderno con la teoría social elevaron las horas de conversa, los vasos de vodka y la humedad de los besos.

Ella me mostraba lo que iba aprendiendo, lo que leía, lo que veia y de nuestras discusiones nacían las ideas que luego se convertían en sus trabajos y exposiciones.

Yo amaba su método, su empeño en “hacerme ver” la genealogía del saber cinematográfico, yo amaba el cine porque ella me lo mostraba y a ella porque el cine la desnudaba ante mi curiosidad de saberla. 

Mi amada estudiante cruzaba una época de delirio, un umbral de intensidades, sobre la lucha de clases y su expresión estética en el cine “pre mayo francés”.

Según ella, Nana buscaba denunciar a través de su arte la decadencia y la vanalidad de una París suntuoso y frívolo, que a su vez Godard logra contrastar con la “vida misma” de nana.

Por eso mi anfitriona conversaba largamente, y a solas, con Carlos Marx, haciéndolo discutir con Bertolth Brecht sobre nana.

Nana creía tomar decisiones, Godard sabía que era un sujeto de alienación, Bretch insistía en denunciar que era una mujer proletaria y que esa condición pesa dos veces.

Mi delirante cineasta tenía que exponer el miércoles y yo encaraba la crisis de las representaciones, en ese vértigo esquizoide.

Una noche de calor, mientras se recogía su pelo negro, me dijo que se sentía atraída por Godard el izquierdista y, por efecto colateral, comprendía al personaje principal de la obra “Vivre la vie”.

Nana y sus determinaciones sociales. Nana y la tragedia de la artista, nana y su injusto final. Yo ví a nana de otra manera, de un modo mas carnal, mas intimo… mas perverso.  

Nana Bailando ridículamente al ritmo de la rockola en un billar, Nana dudando en el centro una crisis por los significantes, dejándose besar.

Nana filosofando sobre su propia felicidad, con ojos llorosos o parada en la calle frente a unos afiches, nana desvistiéndose sin dejar de fumar…

Leyendo a Deleuze y recordando las tardes de amor “post tierra-de-nadie”, me topé con la génesis de un deseo que devino recurrencia.

Nana, tan replicada como descompuesta en sus elementos esenciales para ser proyectada por mi deseo hacia el mundo real. Mi Nana fetichizada.

Mientras escribo y recuerdo esa tarde frente a una pantalla de 24 pulgadas, pienso en el momento en que ese corte de pelo y ese cigarrillo se articularon, por primera vez, con mi maquina deseante. 

Y, como sucedió en el momento en que se juntaron las palabras que ahora lees, fue una ráfaga devenida conciencia de que esa figura, pelo negro, corto y cigarrillo, iba a ser un tatuaje catódico en la erótica de mi vida.

En esa vuelta temporal hacia el lugar donde tropecé con tu imagen por primera vez, además de hallar esa armonía de tres elementos en un acorde natural, cuya presencia habla de completitud, también llegué a una frase vieja:

-No es que te conozca, es que ya te presentía.

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