Ese habría sido un sábado
típico, de transcurrir entre las películas de “Plaza los museos” y las samosas
de “Bellasartes”, a no ser porque ella decidió, luego de un debate con su
“self”, que veríamos “Vivre la vie” y que quería presentar un ensayo sobre
“Nana”.
Fue la primera vez que
escuche su nombre, no sabía quien era nana, pero me dejó interesado en saber
quien era el personaje inspirador de la frase mas seria que sonó en esa tarde.
Los estudios de la
“Timbourtoncita” sobre la nueva ola del cine francés y mi encuentro post
moderno con la teoría social elevaron las horas de conversa, los vasos de vodka
y la humedad de los besos.
Ella me mostraba lo que iba
aprendiendo, lo que leía, lo que veia y de nuestras discusiones nacían las
ideas que luego se convertían en sus trabajos y exposiciones.
Yo amaba su método, su
empeño en “hacerme ver” la genealogía del saber cinematográfico, yo amaba el
cine porque ella me lo mostraba y a ella porque el cine la desnudaba ante mi
curiosidad de saberla.
Mi amada estudiante cruzaba
una época de delirio, un umbral de intensidades, sobre la lucha de clases y su
expresión estética en el cine “pre mayo francés”.
Según ella, Nana buscaba
denunciar a través de su arte la decadencia y la vanalidad de una París
suntuoso y frívolo, que a su vez Godard logra contrastar con la “vida misma” de
nana.
Por eso mi anfitriona
conversaba largamente, y a solas, con Carlos Marx, haciéndolo discutir con
Bertolth Brecht sobre nana.
Nana creía tomar decisiones,
Godard sabía que era un sujeto de alienación, Bretch insistía en denunciar que
era una mujer proletaria y que esa condición pesa dos veces.
Mi delirante cineasta tenía
que exponer el miércoles y yo encaraba la crisis de las representaciones, en
ese vértigo esquizoide.
Una noche de calor, mientras
se recogía su pelo negro, me dijo que se sentía atraída por Godard el
izquierdista y, por efecto colateral, comprendía al personaje principal de la
obra “Vivre la vie”.
Nana y sus determinaciones
sociales. Nana y la tragedia de la artista, nana y su injusto final. Yo ví a
nana de otra manera, de un modo mas carnal, mas intimo… mas perverso.
Nana Bailando ridículamente
al ritmo de la rockola en un billar, Nana dudando en el centro una crisis por
los significantes, dejándose besar.
Nana filosofando sobre su
propia felicidad, con ojos llorosos o parada en la calle frente a unos afiches,
nana desvistiéndose sin dejar de fumar…
Leyendo a Deleuze y
recordando las tardes de amor “post tierra-de-nadie”, me topé con la génesis de
un deseo que devino recurrencia.
Nana, tan replicada como
descompuesta en sus elementos esenciales para ser proyectada por mi deseo hacia
el mundo real. Mi Nana fetichizada.
Mientras escribo y recuerdo
esa tarde frente a una pantalla de 24 pulgadas, pienso en el momento en que ese
corte de pelo y ese cigarrillo se articularon, por primera vez, con mi maquina
deseante.
Y, como sucedió en el
momento en que se juntaron las palabras que ahora lees, fue una ráfaga devenida
conciencia de que esa figura, pelo negro, corto y cigarrillo, iba a ser un
tatuaje catódico en la erótica de mi vida.
En esa vuelta temporal hacia
el lugar donde tropecé con tu imagen por primera vez, además de hallar esa
armonía de tres elementos en un acorde natural, cuya presencia habla de
completitud, también llegué a una frase vieja:
-No es que te conozca, es
que ya te presentía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario