Junto a los sabios de la tierra invocó la
fuerza y el amor de la selva, con ellos le habló a la espesura sobre sus
sueños.
La selva respondió abriendo un rincón de
su seno para recibir el regalo que le hacían el mar y la lluvia.
Habían transcurrido siete lunas llenas.
En el amanecer que devino a una de ellas pudieron contemplar el resultado de
sus esfuerzos.
Fue entonces cuando recordaron la
condición de que el río debía correr siempre a favor de la corriente, tanto
aguas arriba como aguas abajo.
Sonriendo y ya exhaustos desistieron de
su empeño inicial, descansaron maravillados ante la hermosura de su reciente
creación.
luego de muchos días Amalivaca y los
sabios encontraron a Ouchhi herido y radiante en la orilla del Orinoco y le
recibieron con cantos y abrazos cómplices.
Contó como pudo atrapar el sonido de
trueno, para ponerlo en el caudal del río recién creado y en la voz de los
tamanaco que luchen juntos.
Mientras los tamanaco cuidaban a Ouchí y
sanaban sus heridas, Amalivaca componía canciones a la brisa y a la luna.
En una caverna, del cerro Amalivaca yeutipe, hacía sonar su tambor
para la gente. así, el jaguar y el ñame, el fuego y la orquídea se iban creando
con su canto.
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