Así amaneció el día que sería creado el
tiempo. Viendo que sus tareas estaban concluidas, Amalivaca quiso tomar un
camino que lo habitaba.
Preparandose para su retorno a la selva
profunda y ya en su curiara, llamó a todos los tamanacos y los nombro a cada
uno por su nombre.
Miro sus ojos, los abrazó a todos a la
vez pensando en los vientos por venir y con la una voz que aprendió de la noche
les concedió la vida eterna.
Les dijo: - uopicachetpe mapicatechí[1].
Ante las tempestades, los tamanacos
renacerían constantemente y como algunos animales solo mudarán la piel.
Por entre la gente se abrió paso una
anciana solitaria y de ropas oscuras, que hizo gestos de desprecio e
incredulidad ante lo que escuchaba.
Mientras todos celebraban el mundo que
ahora podrían construir y la vida que comenzaba a ser , ella soltó una
carcajada de ira e incredulidad.
Para ella era imposible vivir de otra
forma, los tamanaco son como habían sido y así debían quedarse y no deberían
perder el miedo al trueno.
Algunos de los que allí estaban la
miraron enfurecidos, otros asintieron con la cabeza.
Amalivaca, soltó un suspiro y mirando al
vacío exclamó:
-
Mattageptchí.[2]
…
Para ellos soplaba un viento de soledad,
el silencio fue tormento. Amalivaca sintió dudas y quiso quedarse, pero sabía
que en la casa de agua alguien, por fin,
le esperaría.
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