En agradecimiento a sus enseñanzas y
cuidados Amalivaca dotó de inmortalidad a toda la familia de los tamanaco.
Ellos le ofrecieron una espiga indómita y
hermosa para soportar el camino, con ella se harían mas fuertes las gentes y
las tierras que le cultiven.
Era, según dijeron, para los tiempos que
son y los que serán. En los días que aun no llegan, será el alimento y la cura
de los que logren vencer.
Que debería ser protegida del olvido para
alimentar a los tamanaco que nacerán después de todos estos soles.
Amalivaca juró que esas espigas verían
tiempos mejores y que con el nombre de ellas sería nombrada la tierra de los
hombres y de las mujeres libres.
Juro que el nombre de esa yerba serviría
para nombrar también la grandeza y el orgullo, la belleza y el saber de la
tierra que la vea brotar.
Ouchí las recibió, mostrándole a todos
sus heridas ya sanadas, y se irguió con su puño izquierdo en alto, diciendo:
- Los próximos paridos por esta tierra,
por este aire, por estas aguas, iluminarán el sonido de nuestras voces cuando
sean olvidados nuestros rostros.
Amalivaca, conmovido, admiro el color de
la espiga y sintió que tanta hermosura era digna de cruzar los cielos para ser
admirada por todos.
Fue así como creó a la guacamaya, que
contenta de haber nacido se posó en sus frentes regalando el rojo de sus
plumas.
Agradecida, el ave roció la semilla de la
espiga entre el verde de los montes y con un suspiro de Ouchí fueron creadas
las nubes.
Desde entonces, con el aviso de las
guacamayas, las nubes bajan a los valles y a la selva para escuchar la voz de
esa hierba y hacen llover si la espiga está sedienta.
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