miércoles, 19 de diciembre de 2012

Tiempos de Amalivaca (IV)





En agradecimiento a sus enseñanzas y cuidados Amalivaca dotó de inmortalidad a toda la familia de los tamanaco.

Ellos le ofrecieron una espiga indómita y hermosa para soportar el camino, con ella se harían mas fuertes las gentes y las tierras que le cultiven.

Era, según dijeron, para los tiempos que son y los que serán. En los días que aun no llegan, será el alimento y la cura de los que logren vencer.

Que debería ser protegida del olvido para alimentar a los tamanaco que nacerán después de todos estos soles.

Amalivaca juró que esas espigas verían tiempos mejores y que con el nombre de ellas sería nombrada la tierra de los hombres y de las mujeres libres.

Juro que el nombre de esa yerba serviría para nombrar también la grandeza y el orgullo, la belleza y el saber de la tierra que la vea brotar. 

Ouchí las recibió, mostrándole a todos sus heridas ya sanadas, y se irguió con su puño izquierdo en alto, diciendo:

- Los próximos paridos por esta tierra, por este aire, por estas aguas, iluminarán el sonido de nuestras voces cuando sean olvidados nuestros rostros.

Amalivaca, conmovido, admiro el color de la espiga y sintió que tanta hermosura era digna de cruzar los cielos para ser admirada por todos.

Fue así como creó a la guacamaya, que contenta de haber nacido se posó en sus frentes regalando el rojo de sus plumas.

Agradecida, el ave roció la semilla de la espiga entre el verde de los montes y con un suspiro de Ouchí fueron creadas las nubes.

Desde entonces, con el aviso de las guacamayas, las nubes bajan a los valles y a la selva para escuchar la voz de esa hierba y hacen llover si la espiga está sedienta. 

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